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miércoles, 18 de abril de 2012

Carta de un soldado a Dios

Escucha Dios… yo nunca hablé contigo.
Hoy quiero saludarte, ¿cómo estás?
Tú sabes… me decían que no existes,
y yo, tonto de mí, creí que era verdad.

Yo nunca había mirado tu gran obra,
y anoche, desde el cráter que cavó
una granada vi tu cielo estrellado,
y comprendí que había sido engañado.
Yo no sé si tú, Dios, estrecharás mi mano,
pero voy a explicarte, y comprenderás,
es bien curioso, en este infierno horrible
he encontrado la luz para mirar tu faz.
Después de ésto, mucho que decirte no tengo.
Tan sólo que… me alegro de haberte conocido.
Pasada media noche habrá ofensiva,
pero no temo, sé que tú vigilas.
¡La señal! bueno Dios, ya debo irme…
me encariñé contigo… quiero decirte,
que como tú sabes, habrá lucha cruenta
y quizá esta noche, aún llamaré a tu puerta.
Aunque nunca fuimos amigos,
¿Me dejarás entrar si hasta a ti llego?
pero… si estoy llorando, ¿ves Dios mío?
se me ocurre que ya no soy impío.
Bueno Dios, debo irme… buena suerte.
Es raro, pero ya no temo a la muerte.

domingo, 15 de abril de 2012

El Secreto De La Felicidad

Cierto mercader envió a su hijo al más sabio de todos los hombres para aprender el secreto de la
felicidad.

El muchacho anduvo muchos dias por el desierto, hasta que llego a un castillo, que se encontraba en los alto de una montaña.

El sabio que el muchacho buscaba vivía allí.

Sin embargo, en vez de encontrar a un hombre santo, nuestro héroe entró en una sala y vio una actividad inmensa; mercaderes que entraban y salían, personas que conversaban por los rincones, una pequeña orquesta tocando suaves melodías y había una mesa cubierta con los platos más deliciosos de aquella región delmundo.

El sabio conversaba con todos y el muchacho tuvo que esperar dos horas para ser atendido.

El sabio escuchó el motivo de la visita del muchacho y le dijo que en es momento no tenía tiempo de explicarle el secreto de la felicidad.

Le sugirió que se diera un paseo por su palacio y volviera despues de dos horas.

"Quiero pedirte un favor" dijo el sabio, entregando al muchacho una cucharilla en la que dejó caer dos gotas de aceite.

"Mientras vas caminando, lleva esta cucharilla sin permitir que se derrame el aceite".

El muchacho comenzó a subir y bajar las escalinatas del palacio, manteniendo siempre los ojos fijos en la cucharilla.

Cuando pasaron las dos horas, regreso con el sabio.

Entonces preguntó el sabio: "Has visto las tapicerías de Persia que hay en mi comedor?" "Viste el jardín que el maestro de jardineros se tardó cien años para plantar?" "Te diste cuenta de los bellos pergaminos de mi biblioteca?"

El muchacho, avergonzado, confesó que no había visto nada.

Su única preocupación era no derramar las gotas de aceite que el Sabio le había confiado.

- Vuelve, pues, y conoce las maravillas de mi mundo, dijo el Sabio.

No puedes confiar en un hombre si no conoces su casa.

Ya más tranquilo, el muchacho cogió la cucharita y volvió a pasear por el palacio, fijándose esta vez en todas las obras de arte que pendían del techo y de las paredes.

Vio los jardines, las montañas enderredor, la delicadeza de las flores, la exquisitez con que cada obra de arte estaba colocada en su sitio.

Al regresar al lado del Sabio, relató con pormenores todo lo que había visto.

- Pero, ¿dónde están las dos gotas de aceite que te confié? preguntó el Sabio.

Mirando hacia la cucharilla, el muchacho se dio cuenta de que las habia derramado.

"Pues ése es el único consejo que te puedo dar"

El más sabio de los sabios le dijo al muchacho, este es el único consejo que te puedo dar.

"El secreto de la felicidad está en mirar todas las maravillas del mundo sin olvidarte nunca de
las dos gotas de aceite de la cucharita".

sábado, 14 de abril de 2012

El Presumido y El Viejo

Un presumido estudiante que se encontraba asistiendo a un juego de fútbol, se tomó la molestia de explicarle a un señor mayor sentado cerca suyo, por qué le es imposible a la vieja generación comprender a su generación.

“Usted creció en un mundo diferente, realmente casi uno primitivo”, dijo en voz lo suficientemente alta para que lo escucharan alrededor. Los jóvenes de hoy crecimos con televisión, internet, aviones jet, viajes al espacio, el hombre caminando en la luna.  Nuestras sondas espaciales han visitado Marte. Tenemos naves con energía nuclear y carros eléctricos y de hidrógeno. Computadoras con procesos de velocidad de la luz… y más”

Luego de un breve silencio el señor mayor respondió lo que sigue:

“Tienes razón, hijo mío. Nosotros no tuvimos esas cosas cuando éramos jóvenes… así que las inventamos.  Ahora, arrogante muchacho, ¿qué estás haciendo TÚ para la próxima generación?”

martes, 27 de marzo de 2012

El Rio

Había una vez dos monjes Zen que caminaban por el bosque de regreso al monasterio. Cuando llegaron al río, una mujer lloraba en cuclillas cerca de la orilla. Era joven y atractiva.
- ¿Qué te sucede? - le preguntó el más anciano.
- Mi madre se muere. Ella está sola en su casa, del otro lado del río y yo no puedo cruzar. Lo intenté - siguió la joven - pero la corriente me arrastra y no podré llegar nunca al otro lado sin ayuda... pensé que no la volvería a ver con vida. Pero ahora... ahora que aparecisteis vosotros, alguno de los dos podrá ayudarme a cruzar...
- Ojalá pudiéramos - se lamentó el más joven -. Pero la única manera de ayudarte, sería cargarte a través del río y nuestros votos de castidad nos impiden todo contacto con el sexo opuesto.
Está prohibido... lo siento.
- Yo también lo siento - dijo la mujer y siguió llorando.
El monje más viejo se arrodilló, bajó la cabeza y dijo:
- Sube.
La mujer no podía creerlo, pero con rapidez tomó su atadito con ropa y montó a horcadas sobre el monje.
Con bastante dificultad el monje cruzó el río, seguido por el otro más joven.
Al llegar al otro lado, la mujer descendió y se acercó en actitud de besar las manos del anciano monje.
- Está bien, está bien - dijo el viejo retirando las manos -, sigue tu camino.
La mujer se inclinó en gratitud y humildad, tomó sus ropas y corrió por el camino al pueblo.
Los monjes, sin decir palabra, retomaron la marcha al monasterio.
.... Faltaban aún diez horas de caminata.
Poco antes de llegar, el joven le dijo al anciano:
- Maestro, vos sabéis mejor que yo de nuestro voto de abstinencia. No obstante, cargaste sobre tus hombros a aquella mujer todo el ancho del río.
- Yo la llevé a través del río, es cierto, ¿pero qué pasa contigo que la cargas todavía sobre tu cabeza ?

lunes, 9 de enero de 2012

"Papá Olvida"

“Escucha hijo, voy a decirte esto mientras duermes, con una manita metida bajo la
mejilla y los rubios rizos pegados a tu frente humedecida. Hace unos minutos,
mientras leía mi libro en la biblioteca, sentí una ola de remordimiento que me ahogaba.
Culpable, vine junto a tu cama.
Esto es lo que pensaba hijo, que me enojé contigo. Te regañé cuando te vestías para ir a la escuela, porque apenas te mojaste la cara con la toalla. Te regañé porque no te limpiaste los zapatos. Te grité, porque dejaste caer algo al suelo.
Durante el desayuno te llamé la atención también. Volcaste las cosas. Tragaste la
comida sin ningún cuidado. Pusiste los codos sobre la mesa. Untaste demasiada
mantequilla en el pan. Y cuando te ibas a jugar y yo salía a tomar el coche, te volviste
y me saludaste con la mano y me dijiste : “¡Adiós, papito!” ; y yo fruncí el entrecejo y te respondí :” ¡Ten erguidos esos hombros!”.
Al caer la tarde todo empezó de nuevo. Al acercase a casa te vi de rodillas jugando.
Tenías agujeros en los pantalones. Te humillé ante tus amiguitos al hacerte marchar a
casa delante de mi : ¡Los pantalones son caros y si tuvieras que comprarlos tú, serias
más cuidadoso! Pensar hijo, que un padre diga eso.
¿Recuerdas, más tarde, cuando yo leía en la biblioteca y entraste tímidamente, con una
mirada de perseguido ? Cuando levanté la vista, impaciente por la interrupción, titubeaste en la puerta. ¿Que quieres ahora ?, te dije bruscamente. “Nada” , respondiste, pero te lanzaste en tempestuosa carrera y me echaste los brazos al cuello y me besaste, y tus bracitos me apretaron con un cariño que Dios había hecho florecer en tu corazón y que ni aun el descuido ajeno pudo extinguir. Y luego te fuiste a dormir con pasitos ruidosos en la escalera.
Bien hijo, poco después fué cuando se me cayó el libro en el regazo y entró en mí un
terrible temor, ¿ que estaba haciendo en mi la costumbre? La costumbre de encontrar
defectos, de reprender. Esta era mi recompensa a ti por ser un niño. No era que yo no te
amara, era que esperaba demasiado de ti. Te medía según la vara de mis años maduros.
¡Y hay tanto de bueno y de bello y de recto en tu carácter! Tu corazón es grande como
el sol que nace entre las colinas. Así lo demostraste esta noche.
Nada más que eso importa esta noche, hijo. He llegado hasta tu cama en la oscuridad y me he arrodillado lleno de vergüenza.
Es una pobre confesión. Se que no comprenderías estas cosas si te las dijera cuando
estás despierto, pero mañana seré un verdadero papá. Seré tu compañero, sufriré cuando sufras y reiré cuando rías. Me morderé la lengua cuando vaya a pronunciar palabras impacientes. No haré mas que decirme, como si fuera un ritual : ” No es más que un niño, un niño pequeñito “.
Temo haberte imaginado hombre. Pero al verte ahora, hijo, acurrucado, fatigado, veo que eres unbebé todavía. Ayer estabas en los brazos de tu madre, con la cabeza en su hombro. 
He pedido demasiado, demasiado.

W. Livingston Larned

viernes, 23 de diciembre de 2011

Nochebuena


Cuenta la historia en una Nochebuena fría como hoy, que una ciudad se vistió de gala porque fue anunciado por un heraldo que el Niño Jesús recorrería las calles de la ciudad transformando las almas de todos los que lo recibieran con el espíritu debido y brindando bendiciones sin precio a quienes tuvieran el privilegio de hablar con Él. Todo el mundo salió a las calles: pobres, ricos, ancianos, niños, hasta un sacerdote que elevaba una cruz al cielo y el rey, que iba acompañado de una corte magnífica.

También un muchacho llamado Luis, bondadoso e intrépido, salió de su hogar diciendo a su madre: "Aunque tenga que caminar toda la noche, veré al Niño Jesús y regresaré cuando haya conseguido una bendición de Él para ti y para mí." Su madre lo despidió con un beso y le dijo: "Ve, hijo mío, pero que tu alegría no se marchite si no te encuentras con Él porque en la búsqueda misma ya hay una bendición."

Era tan grande la multitud y la conmoción que todos con el deseo de llegar a los primeros lugares para ver pasar al Niño Jesús, procedieron con rudeza, pisoteando al cojo, empujando sin misericordia al mendigo que temblaba de frío, y sacaron a los niños del lugar que habían escogido para mirar.

Luis, aún temiendo que el Niño Jesús pasara sin que él pudiera verle por estar atareado, ayudó al cojo a levantarse y lo llevó a un lugar seguro. Al mendigo le prestó su abrigo y consoló a los niños que lloraban por la rudeza de los mayores.

Apareció también un niño harapiento que imploraba un pedazo de pan porque tenía mucha hambre pero nadie le hizo caso. El rey ordenó que sacaran de su camino al harapiento, mientras recogía sus vestiduras reales. El sacerdote apenas le dirigió una mirada bondadosa al niño.

Luis temblaba de frío, pero olvidándose de su propia necesidad, corrió al lado del niño que pedía pan, lo invitó a compartir con él el pobre abrigo de una puerta donde se había acurrucado y con la palabra cargada de bondad le dijo: "Hace frío y he prestado mi abrigo; de no ser así, podríamos compartirlo ahora. El pan está duro, pero es todo lo que tengo; y lo cierto es que cuando uno espera al Niño Jesús y anhela su bendición, no se sienten ni el hambre ni el frío."

Y sucedió que cuando el Harapiento quebró el pan para compartirlo con Luis, su rostro se glorificó y Luis, maravillado, comprendió que era el Niño Jesús quien estaba delante de él y cayó de rodillas, adorándolo.
Muchas veces esperamos a Jesús caminando glorioso y triunfante en nuestras vidas, pero pocas veces comprendemos que Él llega a nosotros de manera sencilla y humilde, como es un niño harapiento, esperando que le tendamos la mano. El amor de Jesus se manifiesta en nosotros en Navidad y durante todo el año, a través del servicio a los demás, especialmente de los más necesitados.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

La Navidad No Es Un Cuento



Se dice que, cuando los pastores se alejaron y la quietud volvió, el niño del pesebre levantó la cabeza y miró la puerta entreabierta. Un muchacho joven, tímido, estaba allí, temblando y temeroso.

- Acércate- le dijo Jesús- ¿Por qué tienes miedo?
- No me atrevo... no tengo nada para darte.
- Me gustaría que me des un regalo - dijo el recién nacido.

El pequeño intruso enrojeció de vergüenza y balbuceó:

- De verdad no tengo nada... nada es mío, si tuviera algo, algo mío, te lo daría... mira.

Y buscando en los bolsillos de su pantalón andrajoso, sacó una hoja de cuchillo herrumbrada que había encontrado.

- Es todo lo que tengo, si la quieres, te la doy...
- No - contestó Jesús- guárdala. Querría que me dieras otra cosa. Me gustaría que me hicieras tres regalos.
- Con gusto - dijo el muchacho- pero... ¿qué?
- Ofréceme el último de tus dibujos.

El chico, cohibido, enrojeció. Se acercó al pesebre y, para impedir que María y José lo oyeran, murmuró algo al oído del Niño Jesús:

- No puedo... mi dibujo es horrible... ¡nadie quiere mirarlo... !
- Justamente, por eso lo quiero... siempre tienes que ofrecerme lo que los demás rechazan y lo que no les gusta de ti. Además quisiera que me dieras tu plato.
- Pero... ¡lo rompí esta mañana! - tartamudeó el chico.
- Por eso lo quiero... Debes ofrecerme siempre lo que está quebrado en tu vida, yo quiero arreglarlo... Y ahora -insistió Jesús- repíteme la respuesta que le diste a tus padres cuando te preguntaron como habías roto el plato.

El rostro del muchacho se ensombreció, bajó la cabeza avergonzado y, tristemente, murmuró:

- Les mentí... Dije que el plato se me cayó de las manos, pero no era cierto... ¡estaba enojado y lo tiré con rabia!
Eso es lo que quería oírte decir -dijo Jesús- Dame siempre lo que hay de malo en tu vida, tus mentiras, tus calumnias, tus cobardías, tus crueldades. Yo voy a descargarte de ellas... No tienes necesidad de guardarlas... Quiero que seas feliz y siempre voy a perdonarte tus faltas. A partir de hoy me gustaría que vinieras todos los días a mi casa

Zapatos para Jesús



Solo faltaban cinco días para la Navidad. Aún no me había atrapado el espíritu de estas fiestas. Los estacionamientos llenos, y dentro de las tiendas el caos era mayor. No se podía ni caminar por los pasillos. ¿Porqué vine hoy? Me pregunté.

Me dolían los pies lo mismo que mi cabeza. En mi lista estaban los nombres de personas que decían no querer nada, pero yo sabia que si no les compraba algo sé resentirían. Llené rápidamente mi carrito con compras de último minuto y me dirigí a las colas de las cajas registradoras. Escogí la más corta, calculé que serian por lo menos 20 minutos de espera.

Frente a mí había dos niños, un niño de 10 años y su hermana de 5 años. Él estaba mal vestido con un abrigo raído, zapatos deportivos muy grandes, a lo mejor 3 tallas más grande. Los jeans le quedaban cortos. Llevaba en sus sucias manos unos cuantos billetes arrugados.

Su hermana lucía como él, sólo que su pelo estaba enredado. Ella llevaba un par de zapatos de mujer dorados y resplandecientes. Los villancicos navideños resonaban por toda la tienda y yo podía escuchar a la niñita tararearlos. Al llegar a la caja registradora, la niña le dio los zapatos cuidadosamente a la cajera, como si se tratara de un tesoro.

La cajera les entregó el recibo y dijo: son $6.09. El niño puso sus arrugados billetes en el contador y empezó a rebuscarse los bolsillos.

Finalmente contó $3.12. Bueno pienso que tendremos que devolverlos, volveremos otro día y los compráremos, añadió. Ante esto la niña dibujó un puchero en su rostro y dijo: "Pero a Jesús le hubieran encantado estos zapatos".

Volveremos a casa trabajaremos un poco más y regresaremos por ellos. No llores, vamos a volver. Sin tardar yo le completé los tres dólares que faltaban a la cajera. Ellos habían estado esperando en la cola por largo tiempo y después de todo era Navidad.

Y en eso un par de brazitos me rodearon con un tierno abrazo y una voz me dijo: "Muchas gracias señor".

Aproveché la oportunidad para preguntarle que había querido decir cuando dijo que a Jesús le encantarían esos zapatos. Y la niña con sus grandes ojos redondos me respondió:

- "Mi mamá está enferma y yéndose al cielo. Mi papá nos dijo que se iría antes de Navidad para estar con Jesús. Mi maestra de catecismo dice que las calles del cielo son de oro reluciente tal como estos zapatos. ¿No se le verá a mi mamá hermosa caminando por esas calles con estos zapatos?"

Mis ojos se inundaron al ver una lágrima bajar por su rostro radiante. Por supuesto que sí, le respondí. Y en silencio le di gracias a Dios por usar a estos niños para recordarme el verdadero valor de las cosas.

martes, 20 de diciembre de 2011

El Sueño De María



Tuve un sueño, José.... no lo pude comprender, realmente no, pero creo que se trataba del nacimiento de nuestro Hijo; creo que si era acerca de eso.
La gente estaba haciendo los preparativos con seis semanas de anticipación. Decoraban las casas y compraban ropa nueva.
Salían de compras muchas veces y adquirían elaborados regalos.
Era muy peculiar, ya que todos los regalos no eran para nuestro Hijo. Los envolvían con hermosos papeles y los ataban con preciosos moños, todo lo colocaban debajo de un árbol. Si, un árbol, José, dentro de una casa.

Esta gente estaba decorando el árbol también. Las ramas llenas de esferas y adornos que brillaban.
Había una figura en lo alto del árbol, me parecía ver una estrella o un ángel, oh! Era verdaderamente hermoso.
Toda la gente estaba feliz y sonriente. Todos estaban emocionados por los regalos; se los intercambiaban unos con otros José, pero, no quedó alguno para nuestro Hijo.

Sabes, creo que ni siquiera lo conocen, pues nunca mencionaron su nombre; ¿no te parece extraño que la gente se meta en tantos problemas para celebrar el cumpleaños de alguien que ni siquiera conocen?.
Tuve la extraña sensación de que si nuestro Hijo hubiera estado en la celebración, hubiese sido un intruso solamente. Todo estaba tan hermoso José y todos tan felices, pero yo sentí enormes ganas de llorar.
Que tristeza para Jesús no querer ser deseado en su propia fiesta de cumpleaños. Estoy contenta porque sólo fue un sueño, pero que terrible José, si esto hubiera sido realidad.

El Regalo De Navidad


Un amigo mío llamado Pablo recibió un automóvil de parte de su hermano como regalo de Navidad. En Nochebuena cuando Pablo salió de su oficina, un pilluelo estaba caminando alrededor del flamante auto nuevo, admirándolo. "¿Es este su auto señor?" preguntó.

Pablo asintió. "Mi hermano me lo regaló por Navidad."
El joven estaba asombrado.

"¿Quiere decir que su hermano se lo regaló y que no le costó ni un centavo?, vaya, ya quisiera…" Vaciló.

Claro que Pablo sabía lo que deseaba. Deseaba tener un hermano como el suyo. Pero lo que el muchacho le dijo sacudió a Pablo hasta sus talones.
"Desearía," continuó el chico, "poder ser un hermano como el suyo". Pablo miró al muchacho sorprendido, e impulsivamente añadió, "¿Te gustaría dar una vuelta en mi auto?"
"Claro que sí, me encantaría". Luego de un corto paseo, el jovencito se volvió y con los ojos encendidos, dijo, "Señor, ¿le importaría manejarlo frente a mi casa?"
Pablo sonrió ligeramente. Creyó saber lo que el mozalbete quería. Quería mostrar a sus vecinos que podía llegar a casa en un gran automóvil.
Pero se equivocó nuevamente. "¿Podría detenerse donde están esas dos gradas?" preguntó el muchacho. Subió los escalones.
Pronto Pablo lo oyó regresar, pero no venía rápido. Estaba cargando a su pequeño hermano lisiado.
Lo sentó al final de la grada, luego como que lo giró para que pueda ver el auto.
"Ahí está amiguito, como te dije adentro. Su hermano se lo regaló por Navidad y no le costó un centavo. Y algún día yo te voy a regalar uno igual a éste…así podrás ver todas las hermosas cosas en las ventanas navideñas que te he estado tratando de describir."
Pablo salió y levantó al muchachito y lo sentó en el asiento delantero de su auto. Luego su hermano mayor subió atrás y los tres empezaron un gran paseo navideño.

Esa Nochebuena, Pablo aprendió lo que Jesús quería decir cuando dijo, "Hay mayor alegría en dar…"

Dan Clark

viernes, 16 de diciembre de 2011

Sí, Virginia, Existe Santa Claus


El 21 de septiembre de 1897, el periódico New York Sun respondió en el editorial principal una carta de una pequeña lectora, que le preguntaba sobre la existencia de Santa Claus: 
Para nosotros es un placer responder de inmediato la comunicación de más abajo, expresando al mismo tiempo nuestra inmensa satisfacción por el hecho de que su fiel autora se cuente entre los amigos de The Sun:

QUERIDO EDITOR: Soy una niña de ocho años de edad.
Algunos de mis amiguitos dicen que Santa Claus no existe.
Papá dice, 'Si lo ves en The Sun es que existe'
Por favor, dígame la verdad: ¿existe Santa Claus?
VIRGINIA O'HANLON
115 WEST NINETY-FIFTH STREET.

Virginia:
Tus amiguitos están equivocados. Ellos han sido afectados por el escepticismo de una era escéptica. No creen más que en lo que sus ojos ven. Ellos piensan que no existe nada que sus pequeñas mentes no entiendan. Todas las mentes, Virginia, sean de hombres o de niños, son pequeñas. En nuestro vasto universo el hombre es un mero insecto, una hormiga, cuyo intelecto no resiste la comparación con el mundo ilimitado que le rodea ni, mucho menos, con la inteligencia capaz de aprender la totalidad de la verdad y el conocimiento.

Sí Virginia, Santa Claus existe. Su existencia es tan real como el amor, la generosidad y la devoción, y tú sabes que éstas abundan y dan a tu vida su máximo gozo y belleza. ¡Cuán sombrío sería el mundo si no existiera Santa Claus! Sería tan sombrío como si no hubiera Virginias. No existiría la fe infantil; no habría poesía, no habría romance para hacernos tolerable esta existencia. No tendríamos más gozo que el de los sentidos y la vista. La eterna luz con que la infancia ilumina al mundo se extinguiría.

¡No creer en Santa Claus! De la misma forma podrías no creer en las hadas. Tú puedes convencer a tu papá para que contrate hombres que vigilen la chimenea en Navidad y pillarlo, pero aunque no lo vieran bajar, ¿qué probarían? Nadie ve a Santa Claus, pero eso no prueba que no haya Santa Claus. Las cosas más reales del mundo son las que ni los niños ni los hombres ven. ¿Has visto alguna vez a las hadas danzando en el césped? Por supuesto que no, pero eso no es prueba de que no estén allí. Nadie puede concebir o imaginar todas las maravillas aún no vistas e invisibles que existen en el mundo.

Puedes romper la sonaja de un bebé para descubrir en su interior qué es lo que produce el sonido, pero hay un velo que cubre el mundo no visto que ni el hombre más fuerte, ni aún la fuerza unida de todos los hombres fuertes que hayan existido, puede romper. Sólo la fe, el amor, la fantasía, el romance y la poesía pueden apartar esa cortina y ver y mostrar la belleza sobrenatural y la gloria que están más allá. ¿Es todo ello real? Ah, Virginia, no hay en este mundo nada más real y permanente.

¿Qué no existe Santa Claus! Gracias a Dios él vive, y vivirá por siempre. Mil años después de ahora, Virginia, es más, diez mil años después, él continuará alegrando con su espíritu el corazón de los niños.

Francis Pharcellus Church

martes, 13 de diciembre de 2011

El Angel De Los Niños

Cuenta una leyenda que a un angelito que estaba en el cielo, le tocó su turno de nacer como niño y le dijo un día a Dios:

- Me dicen que me vas a enviar mañana a la tierra. ¿Pero, cómo vivir? tan pequeño e indefenso como soy.
- Entre muchos ángeles escogí uno para tí, que te está esperando y que te cuidará.

- Pero dime, aquí en el cielo no hago más que cantar y sonreír, eso basta para ser feliz.
- Tu ángel te cantará, te sonreirá todos los días y tú sentirás su amor y serás feliz.

-¿Y cómo entender lo que la gente me hable, si no conozco el extraño idioma que hablan los hombres?
- Tu ángel te dirá las palabras más dulces y más tiernas que puedas escuchar y con mucha paciencia y con cariño te enseñará a hablar.

-¿Y qué haré cuando quiera hablar contigo?
- Tu ángel te juntará las manitas te enseñará a orar y podrás hablarme.

- He oído que en la tierra hay hombres malos. ¿Quién me defenderá?
- Tu ángel te defenderá más aún a costa de su propia vida.

- Pero estaré siempre triste porque no te veré más Señor.
- Tu ángel te hablará siempre de mí y te enseñará el camino para que regreses a mi presencia, aunque yo siempre estaré a tu lado.

En ese instante, una gran paz reinaba en el cielo pero ya se oían voces terrestres, y el niño presuroso repetía con lágrimas en sus ojitos sollozando...

-¡Dios mío, si ya me voy dime su nombre!. ¿Cómo se llama mi ángel?
- Su nombre no importa, tu le dirás : MAMÁ.

El Amor Y La Locura

Cuentan que una vez se reunieron en un lugar de la tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres.

Cuando El Aburrimiento había bostezado por tercera vez, La Locura como siempre tan loca, les propuso:
¿Vamos a jugar a las escondidas?

La Intriga levantó la ceja intrigada y La Curiosidad sin poder contenerse
preguntó: ¿A las escondidas? ¿Y cómo es eso?

Es un juego, explicó La Locura, En que yo me tapo la cara
y comienzo a contar, desde uno a un millón mientras ustedes se esconden y cuando
yo haya terminado de contar, el primero de ustedes que encuentre ocupará mi
lugar para continuar el juego.

El entusiasmo bailó secundado por La Euforia. La Alegría dio tantos saltos que
terminó por convencer a La Duda, e incluso a La Apatía, a la que nunca le
interesaba nada. Pero no todos quisieron participar, La Verdad prefirió no
esconderse. ¿Para qué? si al final siempre la hallan. La Soberbia opinó que
era un juego muy tonto (En el fondo lo que le molestaba era que la idea no
hubiese sido de ella) y La Cobardía prefirió no arriesgarse...

Uno, Dos, Tres...; comenzó a contar La Locura. La primera en esconderse fue La
Pereza, que como siempre se dejó caer tras la primera piedra del camino. La Fe
subió al cielo y La Envidia se escondió tras la sombra del Triunfo que con su
propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto.

La Generosidad casi no alcanzaba a esconderse, cada sitio que hallaba le parecía
maravilloso para cada uno de sus amigos, que si ¿un lago cristalino?: Ideal para
La Belleza. Que si ¿la hendija de un árbol?: Perfecto para La Timidez.
Que si ¿el vuelo de una mariposa?: Lo mejor para La Voluptuosidad. Que si
¿una ráfaga de viento?: Magnífica para La Libertad. Así terminó por ocultarse
en un rayito de sol.

El egoísmo, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio,
ventilado, cómodo... pero sólo para él.

La Mentira se escondió en el fondo de los océanos (Mentira, en realidad se
escondió detrás del arco iris) y La Pasión y El Deseo en el Centro de los
Volcanes.

El Olvido... se me olvidó donde se escondió... pero eso no es importante.

Cuando La Locura contaba, El Amor aún no había encontrado sitio para
esconderse, pues todo se encontraba ocupado... hasta que divisó un rosal y
enternecido decidió esconderse entre sus flores.

Un millón; contó La Locura y comenzó a buscar. La primera en
salir fue La Pereza sólo a tres pasos de una piedra. Después se escuchó a La Fe
discutiendo con Dios sobre Teología, y La Pasión y El Deseo los sintió en el
vibrar de los volcanes. En un descuido encontró a La Envidia y claro, así pudo
deducir dónde estaba El Triunfo. El Egoísmo no tuvo ni que buscarlo; Él solito
salió disparado de su escondite que había resultado ser un nido de avispas. De
tanto caminar sintió sed y al acercarse al lago descubrió a La Belleza y con La
Duda resultó más fácil todavía, pues la encontró sentada sobre una cerca sin
decidir aún de qué lado esconderse.

Así fue encontrando a todos, El Talento entre la hierba fresca, a La Angustia
en una oscura cueva, a La Mentira detrás del arco iris... (mentira, si ella
estaba en el fondo del océano) y hasta El Olvido... que ya se le había olvidado
que estaba jugando a las escondidas, pero sólo el amor no aparecía por ningún
sitio.

La Locura buscó detrás de cada árbol, bajo cada arroyuelo del planeta, en la
cima de las montañas y cuando estaba por darse por vencida divisó un rosal y las
rosas... y tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando de pronto un
doloroso grito se escuchó: las espinas habían herido los ojos del Amor: La
Locura no sabía qué hacer para disculparse, lloró, imploró, pidió perdón y hasta
prometió ser su lazarillo.

Desde entonces, desde que por primera vez se jugó a las escondidas en la
tierra...

El Amor es ciego y La Locura siempre lo acompaña.

La Apariencia No Lo Es Todo

A veces la apariencia no lo es todo... John Blanchard se levantó de la banca, alisó su uniforme de marino y estudió a la muchedumbre que hormigueaba en la Grand Central Station. Buscaba a la chica cuyo corazón conocía, pero cuya cara no había visto jamás, la chica con una rosa en su solapa.

Su interés en ella había empezado trece meses antes en una biblioteca de Florida. Al tomar un libro de un estante, se sintió intrigado, no por las palabras del libro, sino por las notas escritas a lápiz en el margen. La suave letra reflejaba un alma pensativa y una mente lucida. En la primera página del libro, descubrió el nombre de la antigua propietaria del libro, Miss Hollis Maynell.

Invirtiendo tiempo y esfuerzo, consiguió su dirección. Ella vivía en la ciudad de Nueva York. Le escribió una carta presentándose e invitándola a cartearse. Al día siguiente, sin embargo, fue embarcado a ultramar para servir en la Segunda Guerra Mundial.

Durante el año y el mes que siguieron, ambos llegaron a conocerse a través de su correspondencia. Cada carta era una semilla que caía en un corazón fértil; un romance comenzaba a nacer. Blanchard le pidió una fotografía, pero ella se rehusó.

Ella pensaba que si él realmente estaba interesado en ella, su apariencia no debía importar. Cuando finalmente llegó el día en que el debía regresar de Europa, ambos fijaron su primera cita a las siete de la noche, en la Grand Central Station de Nueva York. Ella escribió: "Me reconocerás por la rosa roja que llevaré puesta en la solapa." Así que a las siete en punto, él estaba en la estación, buscando a la chica cuyo corazón amaba, pero cuya cara desconocía.

Dejaré que Mr. Blanchard relate lo que sucedió después: "Una joven venia hacia mí, y su figura era larga y delgada. Su cabello rubio caía hacia atras en rizos sobre sus delicadas orejas; sus ojos eran tan azules como flores. Sus labios y su barbilla tenían una firmeza amable y, enfundada en su traje verde claro, era como la primavera encarnada.

Comencé a caminar hacia ella, olvidando por completo que debía buscar una rosa roja en su solapa. Al acercarme, una pequeña y provocativa sonrisa curvó sus labios. "¿Vas en esa dirección, marinero?" murmuró. Casi incontrolablemente, di un paso para seguirla y en ese momento vi a Hollis Maynell. "Estaba parada casi detrás de la chica. Era una mujer de más de cuarenta años, con cabello entrecano que asomaba bajo un sombrero gastado. Era bastante llenita y sus pies, anchos como sus tobillos, lucían unos zapatos de tacón bajo." "La chica del traje verde se alejaba rápidamente. Me sentí como partido en dos, tan vivo era mi deseo de seguirla y, sin embargo, tan profundo era mi anhelo por conocer a la mujer cuyo espíritu me había acompañado tan sinceramente y que se confundía con el mío.

Y ahí estaba ella. Su faz pálida y regordeta era dulce e inteligente, y sus ojos grises tenían un destello cálido y amable. No dudé más. Mis dedos afianzaron la gastada cubierta de piel azul del pequeño volumen que haría que ella me identificara. Esto no sería amor, pero sería algo precioso, algo quizá aún mejor que el amor: una amistad por la cual yo estaba y debía estar siempre agradecido.

Me cuadré, saludé y le extendí el libro a la mujer, a pesar de que sentíaa que, al hablar, me ahogaba la amargura de mi desencanto. "Soy el teniente John Blanchard, y usted debe ser Miss Maynell. Estoy muy contento de que pudiera usted acudir a nuestra cita. ¿Puedo invitarla a cenar?"

La cara de la mujer se ensanchó con una sonrisa tolerante. "No sé de que se trata todo esto, muchacho," respondió, "pero la señorita del traje verde que acaba de pasar me suplicó que pusiera esta rosa en la solapa de mi abrigo. Y me pidió que si usted me invitaba a cenar, por favor le dijera que ella lo esta esperando en el restaurante que esta cruzando la calle."

No es difícil entender y admirar la sabiduría de Miss Maynell. La verdadera naturaleza del corazón se descubre en su respuesta a lo que no es atractivo. "Dime a quién amas," escribió Houssaye, "y te diré quién eres.".

lunes, 12 de diciembre de 2011

El Primer Pesebre de la Historia

Graccio, Italia, 1223

Tres años antes de su muerte, San Francisco decidió celebrar con la mayor solemnidad posible, cerca de Greccio, el recuerdo del nacimiento del Niño Jesús, con el fin de aumentar la devoción de los pobladores.

Hizo preparar un pesebre, consiguió algo de heno y trajo un asno y un buey. Convocó a sus hermanos y acudieron todos los vecinos al lugar. En el bosque retumbaban los cantos y esa noche venerable se vestía de esplendor a la luz de las antorchas relucientes y al compás de los cánticos que resonaban fuerte y alto. El hombre de Dios, parado frente al Pesebre y lleno de piedad, derramaba lágrimas y desbordaba de alegría. La misa se celebró usando el Pesebre por todo altar. Francisco cantó el Santo Evangelio y más tarde habló y relató al pueblo reunido el Nacimiento de un rey pobre que llamó con ternura y amor al Niño de Bethlehem (Belén). El señor Juan de Greccio, caballero virtuoso y leal, que había abandonado las armas de los príncipes de la tierra por amor a Cristo, afirmó que él había visto a un niño muy hermoso que descansaba en la cuna y que pareció despertar cuando el bendito Padre Francisco lo tomó en sus brazos.

Esta afirmación está suficientemente acreditada por la santidad del piadoso caballero pero también lo está por la verdad que expresa y por los milagros que siguieron. El ejemplo que Francisco ofreció al mundo despertó, en efecto, a las almas dormidas, y el heno del Pesebre conservado por el pueblo, sirvió de remedio para los animales enfermos y de salvaguarda contra todo tipo de desgracia.

jueves, 8 de diciembre de 2011

El Nombre Más Hermoso

En el mundo indígena uno de los principios que constituyen el universo es el dolor, sin embargo los ojos de ese pueblo penetran en esta realidad sin miedo y la transforman en algo sublime.

Cuenta esta historia que un guerrero miró a su hija recién nacida, tan hermosa le parecía, que no encontraba un nombre apropiado para ella.

Decidió buscar lo más valioso del mundo y tomarlo como nombre para su primogénita.  Salió temprano a caminar y pensó podría llamarla "Silencio", pues es hermosísimo... pero cuando comenzó a amanecer y el guerrero detuvo sus pasos y dijo: No, la llamaré "Aurora".

Continuó caminando y visitando amigos y así fue cambiando su elección para el nombre de su pequeñita: Luz, Nieve, Mariposa, Paloma...

Encontró al más sabio de los Indios que le orientó ir detrás de la montaña a la casa de un pastor muy sencillo y le dijo: "Allí encontrarás lo que buscas."

El guerrero esperó fuera de la vivienda y vio salir a una niña, sintió escalofríos pues se encontraba cubierta de Lepra, algo a lo que todos le temían.

Pasaron unos minutos...se escuchó la voz del pastor llamando a su hija y ambos se acercaron y el rudo guerrillero vio como se abrazaban y cubrían de besos.

Regresó a su casa con lágrimas en los ojos y se dijo:  "La llamaré Heoma-nae-san ["Amor en el Dolor"]."

Recuerda Dar Gracias

Un alma recién llegada al cielo se encontró con San Pedro.  El santo llevó al alma a un recorrido por el cielo.  Ambos caminaron paso a paso por unos grandes talleres llenos con ángeles. San Pedro se detuvo frente a la primera sección y dijo:

—Ésta es la sección de recibo. Aquí todas las peticiones hechas a Dios mediante la oración son recibidas.
El alma miró a la sección y estaba terriblemente ocupada con muchos ángeles clasificando peticiones escritas en voluminosas hojas de papel de personas de todo el mundo.

Ellos siguieron caminando hasta que llegaron a la siguiente sección y San Pedro le dijo:
—Esta es la sección de empaque y entrega. Aquí las gracias y bendiciones que la gente pide son empacadas y enviadas a las personas que las solicitaron.
El alma vio cuán ocupada estaba. Había tantos ángeles trabajando en ella como tantas bendiciones estaban siendo empacadas y enviadas a la tierra.

Finalmente, en la esquina más lejana del cuarto, el alma se detuvo en la última sección.  Para su sorpresa, sólo un ángel permanecía en ella ocioso haciendo muy poca cosa.
—Ésta es la sección del agradecimiento —dijo San Pedro al alma.
— ¿Cómo es que hay tan poco trabajo aquí? —preguntó el alma.
—Esto es lo peor —contestó San Pedro—.  Después que las personas reciben las bendiciones que pidieron, muy pocas envían su agradecimiento.
— ¿Cómo uno agradece a las bendiciones de Dios?
—Simple —contestó San Pedro—. Solo tienes que decir: Gracias, Señor.

El Día y la Noche

El maestro caminaba con sus discípulos. Enseñaba valiéndose de preguntas llenas de contenido, acertijos que guardaban en sí toda la sabiduría de la vida. Y siempre sorprendía a sus discípulos con sus sabias enseñanzas.

En cierta ocasión, mientras anochecía, preguntó a sus discípulos si sabían decir cuando acababa la noche y comenzaba el día.

El primero de ellos dijo:
—Cuando ves a un animal a distancia y puedes distinguir si es una vaca o un caballo.
—No —dijo el maestro.
—Cuando miras un árbol a distancia y puedes distinguir si es pino o eucalipto.
—Tampoco —dijo el maestro.
—Está bien —dijeron los discípulos—, decidnos, ¿cuándo es?
—Cuando miras a un hombre al rostro y reconoces en él a tu hermano; cuando miras a la cara a una mujer y reconoces en ella a tu hermana. Si no eres capaz de esto, entonces, sea la hora que sea, aún es de noche para ti.

La Antigua Vasija de Cerámica

Contaba el Maestro en cierta ocasión la historia de una antigua vasija de cerámica de valor inestimable por lo que había pagado una fortuna en una subasta pública. La vasija había sido usada durante años por un mendigo que acabó sus días en la miseria, totalmente ignorante del valor de aquel objeto con el que había pedido limosna.

Cuando un discípulo preguntó al Maestro qué representaba aquella vasija, el Maestro le dijo: "A ti mismo".

El discípulo le pidió que se explicara, y el Maestro prosiguió: "Tú centras toda tu atención en el insignificante conocimiento que adquieres de los libros y de los maestros. Sería mejor que le prestaras más atención a la vasija en la que lo guardas".

domingo, 4 de diciembre de 2011

Huellas En La Arena


Una noche un hombre tenía un sueño.
Él soñaba que recorría la playa con el SEÑOR.
A través del cielo pasaban las escenas de su vida.
Para cada escena, él notó que se marcaban
Dos pares de huellas en la arena;
Un par le pertenecían a el, y el otro par pertenecían al SEÑOR.

A medida que las escenas pasadas de su vida
Desfilaban ante él,
Volteaba la mirada hacia las huellas en la arena,
Y noto que muchas veces,
A lo largo del recorrido por la playa,
En la arena solo veía un par de huellas,
También notó que esto ocurría en los momentos
Más amargos y tristes de su vida.

Esto realmente lo desconcertó y pregunto al SEÑOR:
“SEÑOR, Tú dijiste una vez, cuando decidí seguirte,
que recorrerías a mi lado el camino de la vida,
Pero he notado que durante las épocas más amargas de mi vida,
Hay solamente un par de huellas.
¡¿No entiendo?! …
¿Por qué cuando más te necesité,… me dejaste solo?

El SEÑOR contestó…
“hijo mío, te amo y nunca te deje solo
Durante las épocas de amargura y sufrimiento que viviste,
Cuando ves solamente un par de huellas es porque
yo te llevaba en mis brazos."

El Enemigo

Mi juventud no fue sino un gran temporal Atravesado, a rachas, por soles cegadores; Hicieron tal destrozo los vientos y aguaceros...